El diesel siempre fue la columna vertebral del transporte global. Su enorme torque, consumo reducido y durabilidad lo hicieron ideal para cargas pesadas, trayectos largos y vehículos comerciales. Sin embargo, escándalos como el Dieselgate lo convirtieron en un “villano” mediático.
La realidad técnica es muy distinta. Los motores diesel modernos son obras de ingeniería avanzada:
Inyección common-rail a más de 2,500 bar, lo que atomiza el combustible casi como vapor.
DPF (filtros de partículas) que eliminan hollín de manera automática.
Catalizadores SCR con AdBlue, capaces de reducir NOx a niveles casi ínfimos.
Turbos de geometría variable, que mejoran torque y reducen emisiones.
Todo esto ha permitido que las emisiones del diesel moderno sean hasta 97% más bajas que las de generaciones anteriores.
A nivel de trabajo real, el diesel sigue siendo imbatible:
una pickup cargada, un camión, un autobús o una SUV de remolque no pueden depender únicamente de sistemas eléctricos aún. El torque del diesel —que aparece desde muy bajas rpm— sigue siendo esencial.
El futuro del diesel no está en los autos compactos, sino en las industrias donde la fuerza constante no es opcional. Su papel continuará, aunque más silencioso.