El motor eléctrico es uno de los sistemas más eficientes jamás creados. Convierte hasta el 90% de la energía en movimiento, mientras que un motor a gasolina rara vez supera el 35%.
La simplicidad de su diseño es su mayor fortaleza:
No requiere combustible.
No necesita sistema de escape.
No usa aceites lubricantes tradicionales.
No requiere cambios de marcha.
Su desgaste mecánico es mínimo.
En carretera, el comportamiento es sorprendente. La entrega de torque constante —sin retrasos ni cambios de velocidad— genera una sensación de empuje continuo. Esto, sumado al silencio absoluto, crea una experiencia de manejo completamente distinta a la tradicional.
Los motores eléctricos también permiten configuraciones antes impensables:
un motor por rueda, control vectorial de torque en milisegundos, tracción total sin cardanes, plataformas modulares y un centro de gravedad muy bajo gracias a las baterías.
Además, el software es tan importante como la mecánica. Las actualizaciones OTA siguen mejorando autonomía, regeneración, potencia e incluso comportamiento del acelerador.
La revolución eléctrica no es solo tecnológica; es cultural. Está redefiniendo el concepto de vehículo.